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Un viaje íntimo a pequeñas realidades entre paredes y trochas

Un viaje íntimo a pequeñas realidades entre paredes y trochas

Soy Christian Escobar Mora, colombiano de 36 años de edad, fotoperiodista.  Continuamente hago reportajes relacionados con narcotráfico, armas, grupos ilegales, combates y hostigamientos donde la guerrilla, los paramilitares y la fuerza pública son actores armados a los que tengo que acercarme. En estos acercamientos siempre están presentes, y generalmente como víctimas o afectados, las comunidades afro, indígenas y campesinas que son también actores innegables del conflicto armado.

Técnicamente Colombia no está en guerra. Sin embargo, el país vive un complejo e incluso confuso conflicto armado interno. Factores como la pobreza y la desigualdad son común denominador en los pequeños caseríos que ven los turistas en las carreteras durante sus viajes o al interior de las salas de las humildes casas coloridas, que adornan los pueblos de toda nuestra geografía.

Tuve la oportunidad de conocer el proyecto de mujeres artesanas “Enredarte con Identidad”. Un viaje que nos llevó a recorrer cuatro municipios y cinco veredas, en el norte de Cauca. Allí descubrí que no es fácil todo lo que esconde la elaboración de los tejidos que hacen estas mujeres, un significado tras otro acompaña cada mochila y en dicha inspiración además del esfuerzo y el tiempo dedicado a cada pieza está el valor de los productos que estas mujeres realizan. Más allá de la velocidad con la que actúan las manos son múltiples los factores sociales, económicos y personales que entrelazan los materiales y las historias.

Horas de camino a pie sería otro común denominador de las historias en esta parte del Cauca. Con los días, el cansancio, el peso de los equipos al hombro y la experiencia que apretaba nuestra agenda aprenderíamos lo que significaba las distancias y el tiempo para llegar a un punto minúsculo de las montañas. Perfectamente podíamos gastar seis horas a pie sólo para ir a un lugar sin contar las otras seis horas de regreso.

Cada día, el factor tiempo estuvo en nuestra contra. Recorridos extensos entre una y otra historia nos hacían pensar en la vida diaria de personas increíbles. Tomar una moto se convierte en un lujo, lujo que incluso bajo esa etiqueta resulta incómodo. Un jornalero recibe apenas $8.000 pesos colombianos (2,88 euros) al día trabajando de sol a sol, para cubrir los gastos de sus hijos, los víveres y materiales,  entre otros. Muestra evidente de la inequidad y el esfuerzo cotidiano.

Era inevitable percatarse de los grafitis que hay en algunas casas por el camino, justamente Cauca es una las zonas rojas del país donde hay múltiples enfrentamientos con la guerrilla. Mientras tomábamos algo parados sobre la vía que conduce al casco urbano del corregimiento de Siberia, un muro con un gran grafiti nos hablaba: “Cano vive. FARC EP presente. Columna Jacobo Arenas”. El 15 de abril de 2015, la guerrilla de las FARC atacó a un grupo de militares que dormía en el coliseo de Buenos Aíres Cauca. Estuve allí, fui testigo de los soldados sobrevivientes. Los diálogos de paz tambaleaban mientras nosotros todavía recorríamos el Cauca mostrando algunos de sus protagonistas intentando seguir adelante en medio de tanto caos.

Yo intentaba disfrutar el paisaje pero no dejaba de pensar en una de las últimas veces que estuve en Jambaló. Es un escenario típico del Cauca, en él habitan comunidades de los pueblos indígenas Nasa y Guambiano y se registra como centro importante de la autoridad indígena; pero también es reconocido como un espacio donde la población civil está plenamente expuesta a los enfrentamientos con las FARC. Por la dirección contraria a Silvia se llega a Toribio, población central del conflicto en el suroccidente del país, lo que hace de Jambaló un paso obligado de los insurgentes.

Después de tres días escuchando las historias de las mujeres artesanas, el viaje en Cauca termina en el municipio de Santander de Quilichao donde se gestan diversos proyectos productivos de fortalecimiento socioempresarial. Nos dirigimos hacia una rallandería donde se procesa la yuca y luego hacia un trapiche. Qué distintos son los olores de ambos lugares, si bien el primero produce algo de molestia por la descomposición propia del proceso, el segundo es dulce y atractivo.

Estábamos de nuevo con la sensación de ciudad que no teníamos en los otros municipios del Cauca. El sonido de las bocinas de los carros y las motos, el comercio ofertando todo tipo de mercancía en megáfonos y bafles, los semáforos y la cantidad de gente en las plazoletas y calles. Pero, después de esta primera sensación se nota  que no es una ciudad, es un pueblo, un pueblo que crece, pero que aún conserva la esencia del campesino, del cultivador y de las montañas que lo rodean.

La semana siguiente comenzamos el recorrido para conocer de cerca los proyectos de microempresas y acceso a mercados que se gestan en Medellín. Estando allí pude comprobar que la sensación general de miedo que producen las comunas en los habitantes del resto de la ciudad continuaba a pesar de los años.

Mientras en el Cauca andábamos con cámaras sin que nadie se preocupara porque nos las robaran. Les preocupaba más que retratáramos a las personas equivocadas o que fuéramos de algún bando contrario (legal o ilegal). Aquí el peligro era otro, ya no la guerrilla o el ejército “confundido” sino los atracadores, ladrones o resquicios de paramilitares que algunos insisten en negar pero de los que como fotoperiodista tengo información.

Medellín es una ciudad de fuertes contrastes, moderna con todo lo mágico y negativo que dicha palabra también contiene. La comuna cinco de la ciudad es un lugar difícil; están las fronteras imaginarias, y las bandas que controlan la zona, el microtráfico y los resquicios paramilitares; las disputas de territorio y el continuo cambio en la jerarquía de las bandas criminales que se reacomodan en el poder.

Medellín nos dio la impresión de una ciudad cívica, al menos a pesar de estar muy lleno por la hora de almuerzo nunca nos empujaron ni fuimos sacados por filas que pierden la forma en medio del tumulto. Subimos todavía más que el día anterior para llegar a la comuna uno, en el Barrio Santo Domingo Savio, que se ubica a escasos siete kilómetros del centro de la ciudad. Sin duda visualmente es una especie de pueblo rural absorbido por la ciudad, lleno de cableado eléctrico, terrazas a medio terminar, comercios y bares ubicados sobre terrenos irregulares en los que se amontonan casas y vías compitiendo por el espacio. Contrasta con esta imagen una gran mole oscura de moderna arquitectura, el Parque biblioteca España, y las líneas aéreas del Metro denominadas Metrocable, además de un espléndido mirador donde la ciudad se desnuda si la neblina lo permite. El Metrocable compite con los jeeps, colectivos y motos que suben las empinadas cuestas, al punto de parecer que si se inclinan un tanto más van a dar la vuelta de cabeza.

En las noches parece un pesebre donde titilan las lucecitas a lo lejos, no es más que un campo de batalla entre emprendedores y economía global, donde los factores que ya mencioné dificultan la vida cotidiana de muchos colombianos, pero también es un lugar del que sobresalen historias de emprendedores que sin importar el miedo y la zozobra mantienen su ímpetu por salir adelante y el espíritu de lucha… Nunca dejamos de admirar la contundencia con la que se entregan a la vida para salir adelante.