Tres economías rurales que intentan transformar residuos agrícolas, empleo precario y biodiversidad en oportunidades económicas.
En zonas rurales de Perú, Marruecos y Ecuador, gran parte de la economía no está en lo que se vende, sino en lo que se pierde. No hay escasez de recursos, pero sí de herramientas y de modelos innovadores que apoyen su transformación en nuevos productos de valor.
Toneladas de residuos agrícolas terminan acumulándose o quemándose tras las cosechas. Miles de personas, especialmente mujeres y jóvenes, sobreviven en economías informales sin acceso a financiación o mercados. Y ecosistemas de enorme valor ambiental sostienen comunidades enteras sin que esa riqueza natural se traduzca en ingresos dignos para quienes viven en ella y la protegen.
Esa brecha, la que se genera entre los recursos disponibles y la capacidad real de convertirlos en recursos económicos, es el punto de partida de tres proyectos que impulsamos en CODESPA gracias a la financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).
Seguimos dejando atrás al mundo rural
Los tres países reflejan dinámicas que se repiten en muchas regiones del Sur Global: recursos productivos, culturales y naturales abundantes, pero economías rurales con limitaciones estructurales para generar oportunidades económicas, especialmente entre mujeres y jóvenes, lo que alimenta dinámicas de migración forzada y abandono del territorio.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca del 30% de los alimentos producidos en el mundo se pierde o desperdicia. Para los pequeños productores rurales, gran parte de esas pérdidas ocurre antes de llegar al mercado: durante la cosecha, el almacenamiento o por falta de infraestructuras para transformar lo producido.
En Perú, esa realidad afecta especialmente a pequeños productores, cuyos residuos agrícolas suelen convertirse en un coste más que en una oportunidad económica. En Marruecos, particularmente en el norte del país, el desempleo sigue empujando a miles de personas hacia actividades informales de supervivencia, desde pequeños talleres hasta reciclaje sin protección social ni estabilidad. Mientras tanto, en Ecuador, comunidades amazónicas e indígenas habitan algunos de los territorios con mayor biodiversidad del planeta, pero con acceso limitado a mercados, inversión y empleo formal.
El resultado es una contradicción difícil de ignorar: quienes viven más cerca de los recursos naturales son, muchas veces, quienes menos capacidad tienen para beneficiarse económicamente de ellos.
Convertir lo que sobra en una fuente de ingresos
En el caso de Perú, el principal desafío no es la producción agrícola, sino lo que ocurre después de la cosecha con los residuos que se generan.
Cada campaña de cacao, café, plátano o piña deja toneladas de residuos que rara vez encuentran un segundo uso. Para pequeños productores, esto implica una doble pérdida: económica (porque supone costes adicionales y oportunidades desaprovechadas) y ambiental, por el impacto que genera su gestión inadecuada.
A esta realidad se suma otra dificultad: el empleo rural sigue marcado por la estacionalidad, la baja productividad y escasas oportunidades para diversificar ingresos. Las mujeres sostienen buena parte de la actividad agrícola, pero a menudo desde posiciones invisibilizadas. Los jóvenes, por su parte, encuentran pocas alternativas para construir un proyecto de vida ligado al territorio.
Nuestro trabajo parte de una idea sencilla, aunque poco habitual en estos contextos: los residuos agrícolas no son un desecho inevitable, pueden convertirse en materia prima para generar nuevos modelos de negocio que brinden oportunidades para la población más vulnerable.
Pero ese cambio no ocurre de manera espontánea. Antes de hablar de emprendimiento, fue necesario un proceso pedagógico. 3.500 personas participaron en espacios de sensibilización sobre economía circular. A partir de ahí, más de 900 emprendedores (46% mujeres y 30% jóvenes) organizados en 60 iniciativas han recibido acompañamiento técnico, formación empresarial y educación financiera para aprender no solo a producir, sino también a gestionar costes, planificar inversiones y sostener negocios en el tiempo.
La tecnología ha sido otra pieza central del proceso. Nos aliamos con la Universidad Nacional de Jaén, para desarrollar cinco prototipos de bajo coste adaptados a las condiciones rurales, varios de ellos basados en energía solar para facilitar procesos de secado y transformación en territorios con acceso limitado a infraestructura industrial o suministro eléctrico estable.
El acceso a financiación también seguía siendo una barrera. Para responder a ella, hemos creado el Fondo Circular, gestionado por la cooperativa NORANDINO, que facilita capital para emprendimientos vinculados al aprovechamiento de residuos agrícolas.
Los resultados empiezan a verse en experiencias concretas. En la asociación Luchando por un Nuevo Porvenir, un grupo de mujeres productoras de cacao ha comenzado a transformar la placenta del cacao en harina para alimentación, utilizada en bebidas y repostería. Blanca Sánchez Risco, presidenta de la organización, explica:
Nosotras mismas recolectamos y secamos la placenta. Antes se perdía, ahora es un ingreso para nuestras familias.
Más al norte, en la comunidad awajún de Santa Rosa de Pagkintsa, en Condorcanqui, el emprendimiento TEESHNATIVA ha encontrado una segunda vida para el pseudotallo del plátano, que tradicionalmente se descartaba tras la cosecha. A través de tecnologías adaptadas al territorio, la comunidad transforma esta fibra vegetal en biotextiles, biojoyería y artesanías locales.
Cuando emprender deja de ser sobrevivir
En el norte de Marruecos, muchas actividades económicas empiezan antes de convertirse en una empresa. A veces nacen como una forma de supervivencia.
En la región de Tánger-Tetuán-Alhucemas, donde el desempleo juvenil sigue siendo uno de los principales desafíos y las mujeres encuentran mayores barreras para acceder al empleo formal, miles de personas dependen de pequeños negocios informales para generar ingresos: reciclaje, costura, comercio ambulante o autoempleo sin protección social.
El problema no es la falta de iniciativa. El problema es que muchas veces emprender ocurre en soledad, sin acceso a financiación, sin estabilidad y sin posibilidad real de crecer.
Frente a esta realidad, impulsamos el programa Inno’VERT, que ha trabajado con más de 3.000 personas para introducir la economía verde y circular no solo como una respuesta ambiental, sino como una oportunidad económica. Hemos apoyado hasta el momento a 180 iniciativas empresariales para estructurar sus modelos de negocio y ayudado a 15 proyectos a formalizarse.
Formalizar no es solo registrar una actividad. Significa poder abrir una cuenta bancaria, acceder a financiación, negociar con proveedores o vender en condiciones más justas.
Uno de esos casos es IZLY.BIO, un emprendimiento impulsado en Tetuán por Imad Daoud y Marsou El Mahdi, dos jóvenes que transforman el aceite usado de cocina. En Marruecos, gran parte de este residuo doméstico e industrial termina vertido en redes de saneamiento o eliminado sin tratamiento, con importantes impactos ambientales. La propuesta de IZLY.BIO es recoger ese aceite y transformarlo en jabón ecológico y detergentes biodegradables.
Conoce más detalles sobre IZLY.BIO en su ficha de presentación
Lo que comenzó como una idea vinculada al reciclaje necesitaba algo más para convertirse en empresa. Por eso, nuestro equipo brindó formación en economía circular, producción de jabón ecológico, gestión empresarial y marketing, además de asesoría para construir un plan de negocio viable y fortalecer la organización.
El apoyo también fue financiero. El emprendimiento consiguió una subvención de 18.000 dirhams (unos 1.600 €) para reforzar su capacidad de producción y avanzar hacia una estructura empresarial más sólida. Hoy, IZLY.BIO prevé reciclar cerca de 1,5 toneladas de aceite usado al año, producir más de 1.200 unidades de jabón y detergente ecológico y ampliar su red de distribución local a través de comercios, ferias y alianzas comerciales.

Las alianzas también han sido clave para ampliar el impacto del programa. En Tánger, la empresa ARAB TEX ha comenzado a ceder residuos textiles a pequeños emprendimientos locales, generando nuevas cadenas de reutilización y reduciendo costes de producción. En paralelo, la colaboración con Coca-Cola ha permitido avanzar en la organización de recolectores de PET y latas en estructuras cooperativas capaces de negociar precios, acceder a compradores identificados y salir de una lógica de supervivencia marcada por la informalidad.

Cuando el bosque ya es economía
En Ecuador, el desafío no es qué hacer con los residuos, sino cómo generar oportunidades económicas sin destruir aquello de lo que dependen los pueblos indígenas: el bosque.
El país alberga cerca del 10% de las especies conocidas del planeta pese a ocupar menos del 1% de la superficie terrestre mundial. Gran parte de esa riqueza natural se concentra en la Amazonía y los ecosistemas andinos, territorios donde viven comunidades indígenas y rurales que históricamente han actuado como guardianas del entorno, aunque pocas veces hayan recibido beneficios económicos proporcionales a ese papel.
En paralelo, estas zonas conviven en muchos casos con presiones derivadas de actividades extractivas que afectan a los ecosistemas y refuerzan la necesidad de alternativas económicas sostenibles para las comunidades locales.
El modelo que impulsamos ha trabajado con 4.200 personas, contribuido a la conservación de más de 95.000 hectáreas y fortalecido 98 bioemprendimientos.
Este modelo de negocio local llamado bioemprendimiento aprovecha los recursos de la biodiversidad sin agotarlos: productos, servicios o experiencias que generan ingresos al tiempo que mantienen el equilibrio del ecosistema del que dependen.
El enfoque combina tres vías complementarias: el fortalecimiento de estos bioemprendimientos, el impulso al turismo comunitario y mecanismos de compensación por servicios ambientales, es decir, fórmulas para que quienes protegen bosques, fuentes de agua o ecosistemas estratégicos puedan recibir incentivos por conservarlos.
En la Amazonía, la Asociación de Mujeres Waorani de la Amazonía Ecuatoriana (AMWAE), liderada por Cahuo Boya, su presidenta, agrupa a 179 mujeres que trabajan la fibra de chambira para producir artesanías inspiradas en el conocimiento ancestral de su pueblo.

Las artesanías no solo representan nuestra cultura; también son ingresos para nuestras familias mientras cuidamos el bosque.

También en la comunidad Waorani, varias familias han comenzado a desarrollar cosmética natural a partir de plantas como jengibre y cúrcuma bajo la marca Daipare. En paralelo, el emprendimiento BioWarmi, liderado por Jessica Guatatuca, combina saberes ancestrales y especies amazónicas como el wituk para producir cosmética basada en ingredientes locales.
A ello se suma el turismo comunitario. En Pastaza, el proyecto Yawa Jee, impulsado por comunidades shuar, ha fortalecido servicios e infraestructuras vinculadas a la cultura, la medicina ancestral y el conocimiento del entorno, integrando actividad económica con gestión territorial.

El trabajo también avanza en el acceso a nuevas fuentes de financiación con los mecanismos de compensación. En Latacunga, se impulsa un Fondo de Agua liderado por el municipio y actores públicos y privados para reconocer económicamente el papel de las comunidades que protegen los páramos, ecosistemas esenciales para el abastecimiento hídrico.
Tres territorios, tres puntos de partida, una misma tensión
Los tres proyectos parten de realidades distintas, pero responden a una misma tensión: cómo generar ingresos en territorios donde los recursos existen, pero los sistemas económicos no permiten aprovecharlos localmente.
Estos proyectos se encuentran en su fase final tras cuatro años de trabajo, aunque los procesos que han activado no se cierran con ellos.
Las soluciones propuestas por CODESPA, con el apoyo de la AECID, muestran que la combinación de conocimiento local, acompañamiento técnico, acceso a financiación, alianzas con universidades, empresas y actores públicos, y conexión con mercados, hace viables las iniciativas.
Cooperativas en funcionamiento, tecnologías adaptadas al contexto local, emprendimientos activos y redes de colaboración establecidas apuntan a una continuidad que no depende del proyecto, sino de su arraigo en las comunidades porque no son beneficiarias pasivas. Son quienes sostienen y hacen posible los cambios. Y en muchos casos, son mujeres y jóvenes quienes lideran la transformación.
La evidencia que dejan estas tres experiencias es compartida: cuando el desarrollo se construye desde el territorio, su continuidad no se mide en años de proyecto, sino en la capacidad de las personas para continuarlo.
Han colaborado en la redacción: Ferrán Gelis, representante, Karina Bautista, responsable de bioemprendimientos, Maria Dolores Chávez, responsable de turismo, de CODESPA Ecuador; Luis Cáceres, representante de CODESPA Perú; Adnane Laakel, representante de CODESPA Marruecos.
Así comenzamos este camino hace cuatro años
Descubre cómo las comunidades lideran también la comunicación de los proyectos en Perú
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