
A los 35 años, a Telmo Vallejo le dijeron que no había cura y que necesitaría un bastón para vivir. Hoy, con 63, sigue sin rendirse. Desde niño tuvo visión limitada, que con el tiempo se convirtió en ceguera, pero eso nunca lo detuvo. Tras pasar por varios oficios, decidió abrir una panadería en su comunidad, Calacalí, Pichincha. Cada mañana, el olor de su horno artesanal anuncia pan caliente y trabajo constante para sacar adelante a su familia. Dice que en la panadería se olvida de todo, que ese calor y ese aroma son su vida. Don Telmo no quiere estar cruzado de brazos ni sentirse una carga; quiere contribuir, ser útil, ser parte. A través de nuestro trabajo, hemos logrado empoderar a personas con discapacidad para que conozcan y ejerzan sus derechos económicos y laborales. Telmo es un ejemplo de ello.