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Amables sonrisas que ocultan un mundo ‘doloroso’

Amables sonrisas que ocultan un mundo ‘doloroso’

Hace unos días comencé un viaje de más de 8.000km, un viaje que me alejaba de la comodidad de mi sofá desde donde ahora escribo, de la facilidad de beber agua de mi propio grifo y otras muchas cosas, que damos por hechas en ciudades donde ahora mismo vivimos.

Este sorprendente viaje me llevo a Ecuador, un país de 15.740.000 habitantes, donde diferentes culturas y tradiciones se entrelazan… pero, espera, retrocedamos un poco.

Este viaje no comenzó el día que subí al avión, podríamos decir que llevábamos meses planificándolo. El objetivo del viaje era conocer nuestros proyectos, traer historias de personas, cada una de ellas más sorprendentes que la anterior y descubrir un país, con diferentes realidades para poder contarlo.

Bien, ahora podemos seguir. 😉

El choque de realidades

Lo primero que te encuentras es una ciudad moderna, Quito. Llegué a su gran aeropuerto, pero en solo unas horas lo dejamos atrás. El asfalto de las autopistas, que nos había llevado al norte del país, se comenzó a transformar en tierra, caminos que nos llevaron a un pequeño pueblo llamado Maldonado.

La belleza de los paisajes empezaron a sustituirse en nuestras fotos por imágenes de pequeñas casas hechas de madera o de cemento, inacabadas con techos de hojalata. En todas ellas hay una constante, el acceso a la luz, pero era el único servicio básico al que tenían acceso. Hospitales y escuelas se encuentran a kilómetros del pueblo.

Casas de madera

Durante un día nos sumergimos en sus vidas. Junto a ellos y bajo un gran calor y una humedad asfixiante, vimos como se trabajaba el proceso de secado del cacao, viajamos a través de un río para poder llegar a sus cosechas y nos abrieron las puertas de sus casas. En solo unas horas, habíamos pasado de la comodidad de una ciudad moderna, a la precariedad y pobreza de las zonas rurales de Ecuador.

Unas horas después estábamos en Esmeraldas, una ciudad que nos encogió el estomago. Nos habían avisado de su peligrosidad, pero os puedo asegurar que nunca sentimos ninguna sensación de peligro. Una vez más, las personas nos trataban con una educación y una amabilidad, que posiblemente nunca encontraríamos en otro lugar. Las sonrisas, cada gesto amable que tenían con nosotros te hacían olvidar la pobreza en la que nos encontrábamos.

Cada minuto era diferente, y ahí, posiblemente vivimos el momento que nos enseñó donde estábamos, donde las realidades chocaron y nos recorrió una sensación de impotencia absoluta ante el sufrimiento de otros. Dos pequeñas niñas salieron corriendo de sus casas, se acercaron a nosotros y con una voz tímida y temerosa nos preguntaron: ‘¿Son ustedes médicos?, mi prima está enferma y mi abuela me ha dicho que si podían ustedes ayudarnos’.

En una ciudad de más de 160.000 habitantes, servicios básicos como un hospital son inalcanzables para la mayoría de sus habitantes. Desnutrición infantil, familias que viven con menos de 1 dólar al día o la falta de acceso a agua potable son una constante. La pobreza estaba donde mirabas, sentíamos que nuestro trabajo era tan necesario en ciudades como Esmeralda, como cualquier otro pequeño pueblo que trabajamos en Angola o República Democrática del Congo.

Nuestros siguientes días nos llevaron a Chimborazo y Cotopaxi, conociendo historias que seguían cambiando cualquier estereotipo que podía tener de Ecuador. A unos 2.800 metros de altura visitamos una maravillosa cooperativa dirigida por 14 mujeres, la caña de azúcar se había convertido en su forma de vida, en una forma de acabar con la esclavitud de la mujer.

A unos 3.400 metros, donde la falta de oxígeno era patente cuando tenías que hacer una pequeña carrera, conocimos a unos pequeños ganaderos. La niebla nos ‘devoraba’ y a menos de dos metros no éramos capaces de ver qué había. Las grandes distancias y la falta de carreteras aíslan a las personas. En sus pequeñas casas de madera, con suelo de tierra, la humedad y el frío les afectan directamente a su salud. Y sus vacas, les dan solo unos pequeños ingresos que no son suficientes para conseguir unas condiciones de vida justas.

Antes de volver a Quito, nuestro viaje nos llevó a Cotopaxi. Por fin el sol nos volvía a sonreír, pero aquí me encontré con una de esas sensaciones que sabes que nunca olvidarás. Una familia, humilde por no volver a usar la palabra pobre, que nos ayudaron en todo lo que pudieron. A eso de las 17.30 el padre se puso a cocinar. En ese momento, ante el objetivo de nuestras cámaras nos encontramos una de esas imágenes que mil veces te describen, pero que nunca vives. En una pequeña casa, con dos ventanas diminutas, encendieron un fuego donde cocinar. En cuestión de segundos la casa se llenó de humo, los ojos nos lloraban y veías como ellos, sentados al lado del fuego, no se inmutaban. En cuestión de minutos tuvimos que abandonar la casa…

La pobreza es cruel

Un viaje lleno de contrastes, que me llevo a un país con una terrible desigualdad. Al volver muchos me preguntaron si mi forma de pensar había cambiado, sinceramente no lo creo. De lo que sí estoy más seguro que antes es que puedo escribir sin ningún miedo que la pobreza es cruel. La pobreza es un ‘virus’ que te aísla, que arrasa con tu autoestima, que te hace dudar de ti mismo, un virus que no es justo y es implacable con los más vulnerables. Y seguirá contagiándose de padres a hijos, si no lo detenemos.

Y a pesar de que posiblemente estos párrafos sean muy negativos, al volver al confort de mi casa sonreí. Me alegre por todas las increíbles historias que habíamos conocido y por la amabilidad de las personas que nos abrían cada día las puertas de sus casas, sin esperar nada a cambio. Un viaje que me ha enseñado que el momento de acabar con la pobreza no es 2030, es ahora. Porque es un tópico, pero cada día cuenta, cada minuto es un tiempo perdido para millones de personas con nombre: Virgina, Alfredo, Guido, Pablo, Rosa…